Es como si hubiese enterrado algo, de nuevo.
Después de la pena, o antes, viene la rabia, se queda, se
anida, hace casa, despierta, se mueve, recuerda, recuerda, recuerda. Para que
yo no olvide, no olvide, no olvide.
Y no me queda más que darle las gracias.
Pedí que no me hicieran pasar por esto, expliqué, lloré,
aclaré. Y después ¿qué pasó? Mi propia
estupidez, y esa maldita mala costumbre de creerle a la gente. De creerte a ti.
Es tan fácil romper las cosas. Ya no quedan ganas de recoger
los pedazos.
De ahí, que entierro. Lejos, en un prado abandonado, donde
nadie nunca va, donde eventualmente cae el velo del olvido, donde ni la lluvia
se acerca, en un prado seco, triste, de piedras y terrones oscuros, sin pasto,
con la tierra agrietada, donde no es necesario regar sal porque de todos modos
nada crece.
Entierro. De nuevo.
Y por favor, memoria mía, no me hagas enterrar de nuevo.
Por favor, voluntad mía, no me falles, que no quiero terminar enterrándome yo, no quiero ensuciar mis zapatos con ese polvo después de todo lo que me ha costado lavarlos, no quiero romperme las uñas cavando más tumbas ni que me falte el aliento mientras busco árboles con los que esconderme del sol.
Que el próximo agujero que cave sea para plantar algo,
pero a leguas de aquí, cerca del mar,
donde las olas me hagan olvidar aquello que por ahora necesito recordar.
pero a leguas de aquí, cerca del mar,
donde las olas me hagan olvidar aquello que por ahora necesito recordar.
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