Se me dan pésimo las despedidas. No me gustan.
Y se me da aún peor sostener ese adiós. Ser consecuente. No volver a caer.
No me gusta.
Qué me gustaría?
Cosechar por fin los frutos de todo aquello que he sembrado, poder descansar en los brazos de un partner, después de que él haya descansado en los míos.
A veces pienso que no queda magia para mí, que consumí mi cuota demasiado temprano y demasiado rápido, y no queda más que aquella que creo con cada gota de agua que me caiga en el rostro.
A veces pienso que la siembra será eterna. O por lo menos que los frutos que quiero no estarán listos nunca.
A veces pienso que es injusto.
A veces me da rabia.
A veces me da pena.
A veces lloro, o canto, o fumo, o sonrío, o lo que sea.
A veces estoy tan cansada que me trago el nudo de la garganta, y ya, nada más.
Pero también a veces, muchas veces, me recuerdo que la felicidad no depende de dónde esté o con quién esté, que depende de la decisión que yo tome, que pasa y termina en mí, que si paso los días sufriendo, soy la única culpable.
También pienso que tanto pensar, tanto hacer oídos sordos a esa voz que viene de la guata no es siempre buena idea, que son momentos y que momentos, y que hay cosas que simplemente no me merezco.
Me he ganado el derecho de estar cansada. De cerrar los ojos un rato. De no querer abrirlos.
Pero me he inculcado del deber de levantarme. Echar a andar. Seguir adelante.
Como siempre.
Hasta cuándo? Hasta siempre, seguro, siempre sola, pero siempre acompañada, siempre firme, no siempre cansada, con la sonrisa, con los ojos grandes, las manos en los bolsillos, con la vida.
Aún cuando se me caen las lágrimas soy feliz.
Cuántas personas pueden decir eso?
Cuántas personas se lo han ganado?
Voy a seguir cometiendo errores, pero voy a seguir disfrutándolos, y después de cargar las pilas voy a seguir caminando.
Lo único que necesito es todo esto que ya tengo, aunque me cueste creerlo.
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