Me cae mal el gobierno. Y se me nota, lo sé.
Yo no voté por Piñera, no estoy de acuerdo con sus
gestiones, creo que tiene poco liderazgo y que en definitiva hace mal las
cosas. Confieso que cada vez que sale una encuesta, como la última, diciendo
que tiene un solo un 23% de aprobación me sonrío y le busco la cara a quienes
sí votaron por él para ver qué me dicen, si siguen apoyando, si cambiaron de
opinión, si justifican, etc.
Sí, me alegro de que haya hecho patente una ineptitud importante,
y me alegro más porque no es solo una ineptitud de Piñera y sus boys, sino una
ineptitud de la clase política entera, de todos estos viejitos de mil años
forever apernados en sus sillones ganando sueldos reguleques a costa de
nosotros, pobres weones que pagamos impuestos por todo. Y me requete alegro
cuando veo que nosotros, pobres weones, estamos de a poco dejando de ser
chanchitos buenos para ver, averiguar, reclamar, cuestionar protestar, y sobre
todo, exigir. Como corresponde. Nosotros los pusimos en un sitial de poder,
tenemos derecho legítimo de exigir que nos gobiernen bien. Y bla bla bla.
Bkn, lindo.
Pero hay algo que me da como penita.
Pienso en Sebastián Piñera, Presidente de Chile, empresario
exitoso, que se codeó con Obama y le piropeó a la señora, que ha viajado, que
está forrado, etc, un hombre que seguramente tuvo algún cagazo o tropiezo, pero
que se levantó, que a lo mejor es buen padre y buen esposo y buen hijo o a lo
mejor no, pero que definitivamente no es un hombre acostumbrado a fracasar y me
lo imagino sentado, solo, de noche, con un whiskey en la mano, un pucho en la
otra, sin zapatos, mirando con la ventana, masticando amargamente el resultado
de las encuentas.
Un 23%.
Loco, ni el perro te mueve la cola.
En mi fértil imaginación sobrada de presupuesto, Piñera ya
no es Piñera, ni Sebastián, ahora es simplemente Tatán, un hombre, bueno en
unas pegas, no tan bueno o derechamente malo en otras, pero una persona al fin
y al cabo. Sentado solo, a media luz, cansado después de un día en que todos le
chuparon las medias o todos lo vapulearon, y como un eco horroroso suena en sus
oídos: “23%” “aprobación” “baja” “lucro” “impuestos”. Me lo imagino moviendo el
hielo en el vaso, viendo como se consume un cigarro, pasándole la mano por el
pelo, seguramente con la guata apretada, pensando que antes de dormirse tiene que
tomarse un omeprazol o una loperamida. Dios, qué terrible.
Claro, por un lado pienso que bueno, a lo hecho pecho, pero luego,
aunque no quiera, empatizo con este hombre que sigue siendo persona, que
resguardado tras camisas muy caras tiene un corazoncito que palpita como el de cualquiera
y que ve que francamente fracasó en una pega.
El primer Presi de derecha en sopotocientos años, y mal. Porque
mal. No hay cómo adornarlo, y más encima no le queda nada para arreglarlo,
porque las elecciones están a la vuelta de la esquina.
Qué terrible. Pobre hombre. El forrito en que se metió. Tiene que estar
pensando “nunca más, mamita linda”, y no, mal. Pobre.
En fin, que aunque Tatán me da penita y ganas de mandarle
una taza de chocolate caliente, Piñera me da rabia, y ganas de mandarle una
carta bien larga. La wea es que, al final de día, mejores o peores, somos todos
personas. Se supone.
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